De desencuentros innecesarios

Hora punta. Pedaleo de regreso a casa desde Providencia a Ñuñoa. Por avenida Suecia comienza la congestión, el tráfico es asfixiado, de tanto en tanto, por coágulos de autos estacionados al costado derecho. Por momentos es imposible avanzar en bicicleta. Subirme a la vereda no es opción a no ser que opte por caminar.

A ratos espero que la larga fila avance. Tarda. Así que me escabullo entremedio de los carros, aprovechando las ventajas del vehículo que conduzco.

En eso, adelanto un auto justo después de que en un lento movimiento la larga fila comenzara a avanzar. El bocinazo del vehículo de atrás estremece mi maniobra. Es un bocinazo tímido. Dos “Bip Bip!”

Para mí en ese momento fue un: “muévete de mi camino!”.

Me detuve y miré a los ojos al conductor: era una señora. Con cierto tono de sarcasmo pero carente de agresión alguna, le indiqué: “avance por favor, que hasta aquí no más llega”. Eso indicando con un gesto de reverencia los escasos dos metros para llegar a tocar con la nariz del auto el parachoques trasero del que le antecedía.

Me habla pero no le entiendo. Ella se da cuenta y lo intenta otra vez. Nada pasa. Al tercer intento saca la cabeza por la ventanilla y dice “casi te topo” en un tono dulce y amable. Yo, aún sintiéndome agredido, continúo mi marcha.

Luego de pedalear cuadra y media me doy cuenta de mi error. Ella no me estaba agrediendo ni buscando desplazarme de la vía con su toque de bocina. Alterada y quizás preocupada por mí, me manifiesta el susto que debe haber sentido de ver como, a sus ojos, me crucé sorpresivamente.

Ninguno de los dos estaba en un ánimo agresivo. Yo por mi lado, disfrutaba de la capacidad de maniobra de la bici en la práctica del “Ciclismo Vehicular” que llaman algunos. Ella, sumida en el taco sin otra posibilidad que pisar freno y acelerador de cuando en cuando.

No nos entendimos. No existía intención de agresión hacia el otro, sin embargo la congestión nos puso en una situación puntual. Nadie salió insultado o herido (aunque mi respuesta no debe haber sido para nada grata para ella).

No pude regresar las casi dos cuadras que dejé atrás, para identificar el auto que conducía y decirle: “lo siento, acabo de entender la razón por la cual se comunicó conmigo a través de la bocina”.

Reflexioné que la realidad no enfrenta siempre a la gente agresiva contra gente vulnerada. Hay matices y no siempre el resultado de una determinada interacción es producto de un personaje agresivo. Ella sin duda no quería agredirme y menos entrar en conflicto. Hasta podría haber sido mi madre o la madre de cualquiera de los otros que también pedalean a diario.

Saco en conclusíón que el paradigma basado en el auto en el cual vivimos hoy, con sus problemas de congestión y la consecunente frustración y estrés, produce desencuentros, situaciones innecesarias que nos alejan del diálogo, el entendimiento.

Claramente una ciudad bien planificada, centrando su diseño en las personas, será una ciudad que invite al encuentro ciudadano, a la comunicación, a la negociación y al entendimiento. Una ciudad pensada para caminar y pedalear tanto como sea posible, abre las puertas al reconocimiento del otro y por lo tanto al respeto.

Muévete en bici hoy, será un buen día.

Otros escritos